TIEMPOS DE ZOZOBRA
Por Santos Negrón Díaz
Al buen amigo Benny
Frankie Cerezo, eterno vigilante
de la realidad económica,
social y política de Puerto Rico
La
Economía, la disciplina que el gran historiador escocés Thomas Carlyle llamo la ciencia funesta se ha puesto de moda
en los últimos meses a escala global, no tanto por la certeza de sus explicaciones y hallazgos acerca de la recesión en curso,
sino por el hecho de que nadie quiere ofrecer opiniones casuales o al vuelo en la hora en que la convulsión magnánima del
proceso productivo y del orden financiero ordena que sean los expertos los que hablen con contundencia.
Lamentablemente
los economistas somos llamados a opinar luego de que se han tomado todas las decisiones fundamentales, se han cometido toda
suerte de errores y horrores y sólo resta hacer la autopsia al cadáver del orden económico.
Alguien
dijo en una ocasión que los historiadores son unos soldados armados de palabras que, después de las batallas, bajan de las
montañas de disparar contra los heridos y los muertos. Semejante símil parece describir la situación actual de los economistas
en muchos países del mundo: bajamos del mundo académico, de las trincheras de los centros de investigación, del mundo de las
elucidaciones teóricas para analizar las causas de desastre: las políticas prestatarias irresponsables de los bancos, el despilfarro
de los fondos públicos y el mal manejo de la deuda pública, los patrones de gastos irracionales de los consumidores, el endeudamiento
excesivo de los negocios y de las familias, la expansión excesiva de la actividad comercial y de construcción de viviendas
y edificios comerciales en un periodo de identificada desaceleración económica y otras no menos importantes.
Ante
tal cuadro, los economistas disparamos a mansalva nuestros juicios críticos, amonestamos a todo el mundo, torturamos a los
confusos y equivocados con una buena dosis de comparaciones históricas y expresamos nuestro asombro ante el hecho de que a
nadie se lo ocurrió consultarnos antes de pasar leyes tan malas, trazar políticas públicas tan equivocadas y correr riesgos
tan inauditos en tan variadas industrias.
Los
autores del desastre oyen con paciencia supina las increpaciones de los economistas, prometen no volver a incurrir en semejantes
disparates, pero, en baja voz, tararean los viejos cantos que relatan sus teorías en uso, es decir, aquello que ellos creen
que es correcto en todo lugar y circunstancia y que escapa a lo consideran el sermón aburrido y repetitivo de los profesionales
de la ciencia funesta.
Los
economistas prometemos evaluar más a fondo las causas de la hecatombe, nos comprometemos a revisar los fundamentos teóricos
equivocados que pudieron haber contribuido a la confusión general, e iniciamos estudios econométricos de gran profundidad
que presentaremos en jornadas de discusión técnica a las cuales sólo asistirán los iniciados en la materia.
A
la larga, luego de un sufrimiento inaudito de la población, víctima de un largo periodo de desempleo y drástica reducción
de la calidad de vida, una mezcla del proceso de selección natural del mercado y de alguna que otra política acertada de los
gobiernos, siguiendo una lógica que se asemeja más a la secuela del incendio en el bosque que a la planificación estratégica
racional, lleva a la economía de la recuperación gradual a un auge sin precedentes de la economía. En la nueva fase de optimismo
los economistas todavía no hemos terminado nuestras profundas investigaciones sobre la recesión o depresión anterior, los
gobiernos aún no han diseñado ni puesto en vigor las políticas integrales de recuperación económica que inspiraron los malos
tiempos, y las personas de negocios regresan a sus prácticas habituales que, según ellas, las llevaron al éxito en otra época.
En
la nueva fase de recuperación los economistas comienzan a dar cuenta de los peligros inherentes a la mala planificación de
las actividades productivas y de los errores de política pública y de estrategia de negocios que se están cometiendo. No obstante,
como somos considerados profetas del desastre, predicadores perpetuos de la catástrofe, nadie nos hace caso. Tenemos que esperar
a que las cosas se pongan malas para que volvamos a ser oídos, pero entonces será tarde porque las decisiones fundamentales
ya se han tomado, se han cometido toda suerte de errores y horrores y sólo resta hacer la autopsia al cadáver del orden económico.
Federico
Nietzche vivió fascinado con el mito del eterno retorno. Los economistas estamos condenados a ver ese mito convertido en una
inevitable y dura realidad.
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