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Opinión de Joseph Stiglitz sobre la estrategia económica de Obama

Algunos prominentes economistas estadounidenses comienzan a distanciarse de la estrategia del Presidente Barack Obama, entre ellos Joseph Stiglitz, ganador de Premio Nobel y muy notorio por sus críticas al funcionamiento del FMI.

Obtenido de la edición domonical del peripodioco El Nuevo Día, 5 de abril de 2009.pitalismo artificial

Lo que está haciendo la administración de Obama es mucho peor que una nacionalización: es la privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas

La propuesta de la administración Obama de invertir $500,000 millones o más para rescatar la banca ha sido descrita como una propuesta en la que todos ganan (“win-win”). Lo que es realmente es una propuesta “win-win-lose”: los bancos ganan, los inversionistas ganan -y los contribuyentes pierden. El Departamento del Tesoro está confiando en sacar a los Estados Unidos de este lío copiando el sistema fallido que ya utilizó el sector privado para llevar el mundo al desplome, con una propuesta marcada por préstamos de alto riesgo al sector privado, complejidad excesiva, pobres incentivos y falta de transparencia.

Recordemos por un momento cómo comenzó este desastre. Los bancos se metieron en problemas -metieron en problemas a la economía entera- al tomar prestado fuertemente para comprar activos en bienes raíces de altísimo riesgo. En el proceso, usaron instrumentos de inversión muy complejos como las obligaciones de deuda colateralizada.

La perspectiva de compensaciones altas incentivó a los gerentes a no ver a largo plazo y a aceptar riesgos excesivos, en lugar de prestar su dinero prudentemente. Los bancos cometieron estos errores sin que nadie se enterara, parcialmente porque buena parte de lo que estaban haciendo era financiamiento que no aparecía en los libros.

En teoría, el plan de la administración está basado en permitir que el mercado determine los precios de los “activos tóxicos” de los bancos -incluyendo préstamos de vivienda y certificados basados en esos préstamos. La realidad, sin embargo, es que el mercado no le estará poniendo precio a los activos en sí, sino a las opciones de compra de los mismos.

Ambas cosas tienen poco que ver entre sí. El plan del gobierno, en efecto, involucra asegurar casi todas las pérdidas. Ya que los inversionistas privados casi no tendrán pérdidas, lo que harán entonces, mayormente, es ponerle precio a sus ganancias potenciales. Es lo mismo que recibir una opción.

Considere un activo que tiene una probabilidad 50-50 de valer cero o $200 en un plazo de un año. El “valor” promedio de ese activo es $100. Ignorando el interés, esa es la cantidad por la que se vendería el activo en un mercado competitivo. Es lo que “vale” el activo. Bajo el plan del secretario del Tesoro Timothy Geithner, el gobierno proveería alrededor del 92% del dinero para comprar el activo pero recibiría sólo el 50% de cualquier ganancia, y absorbería todas las pérdidas. ¡Vaya negocio!

Asumamos que una de las alianzas público-privadas que el Tesoro ha prometido crear está dispuesta a pagar $150 por ese activo. Eso es 50 por ciento más de su valor real, por lo que el banco estará feliz de vender. Así que el socio privado pone $12, y el gobierno pone el resto — $12 en “equity” más $126 en la forma de un préstamo garantizado.

Si, en el plazo de un año, resulta ser que el verdadero valor del activo es cero, el socio privado pierde los $12, y el gobierno pierde $138. Si el valor verdadero es $200, el gobierno y el socio privado se dividen los $74 que restan después de pagar el préstamo de $126. En ese escenario rosado, el socio privado triplica -y más- su inversión de $12. Pero el contribuyente, luego de haber arriesgado $138, se gana apenas $37.

Aun en un mercado imperfecto, uno no debe confundir el valor de un activo con el valor de una opción por ese activo.

El problema principal aquí no es falta de liquidez. Si lo fuera, entonces un programa mucho más simple funcionaría: proveer los fondos sin garantías prestatarias. El problema real es que los bancos hicieron préstamos malos en una burbuja, a base de otros préstamos que habían tomado. Ahora han perdido su capital, y este capital tiene que ser reemplazado.

Pagar el precio justo de mercado por estos activos no funcionará. La única manera de recapitalizar los bancos adecuadamente será pagando los activos a sobreprecio. Pero pagar a sobreprecio simplemente le transfiere las pérdidas al gobierno. En otras palabras, el plan de Geithner funciona sólo si los contribuyentes pierden en grande.

Algunos estadounidenses están preocupados por la posibilidad de que el gobierno “nacionalice” temporeramente los bancos, pero esa opción sería preferible al plan de Geithner. Después de todo, no es la primera vez que la F.D.I.C. toma control de bancos a punto de fracasar, y las veces anteriores le salió bien. Hasta ha llegado a nacionalizar instituciones grandes como Continental Illinois (en 1984, y devuelto a manos privadas unos años después) y Washington Mutual (ocupado en septiembre y revendido de inmediato).

Lo que está haciendo la administración de Obama es mucho peor que una nacionalización: es capitalismo artificial, la privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas. Es una “sociedad”en la que un socio le roba al otro. Y ese tipo de sociedades -con el sector privado en control- tienen incentivos perversos, peores aun que los incentivos que nos metieron en este lío.

Así que, ¿cuál es el atractivo de una propuesta como esta? Quizás es el tipo de estratagema tipo Rube Goldberg que le encanta a Wall Street -astuta, compleja y sin transparencia, que facilita enormes transferencias de riqueza a los mercados financieros. Le ha permitido a la administración evitar el tener que volver al Congreso a pedir el dinero necesario para salvar los bancos, y le ha permitido evitar la nacionalización.

Pero ya estamos sufriendo una crisis de confianza. Cuando sean aparentes los altos costos del plan de la administración, la confianza se verá aún más erosionada. En ese momento, la tara de recrear un sector financiero vibrante, y la de resucitar la economía, va a ser más difícil aun.

 



Obtenido de la edición dominical, 5 de abril de 2009, del periódico El Nuevo Día.