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Álvaro Camacho Guizado: Las masacres y la política

A modo de homenaje póstumo, publicó aquí la última columna del distinguido sociólogo colombiano Álvaro Camacho Guizado, quien falleció hace apenas unos días.

Esta columna se publicó en el prestigioso periódico digital Elespectador.com, del cual el autor era columnista permanente.

Conocí a Álvaro y a su esposa Nora en Madison, Wisconsin, a fines de la década de los 1960, cuando eramos estudiantes graduados de la Universidad de Wisconsin.

Por muchos años seguí la trayectoria de este formidable intelectual, trabajador incansable, maestro de intensa vocación universitaria, hombre de espíritu libre, acertado crítico de la política pública y autor de numerosos libros sobre la realidad social, política y económica de su país.

En varias ocasiones tuve el privilegio de tener intercambios breves por vía del Internet con Álvaro, quien nunca se olvidó de los diálogos sobre tantos y tan variados temas que sostuvimos en el fértil ambiente de trabajo intelectual que había en el campus de la Universidad de Wisconsin en aquella época y menos todavía de las fiestas que celebra el grupo de estudiantes latinoamericanos, muchas veces en desafío del gélido clima de invierno de Madison.

Me sorprende el hecho de que los rasgos del hombre maduro, altamente productivo e intensamente polémico que describen sus compañeros de cátedra y sus amigos periodistas, son los mismos del joven que yo conocí hace mas de 40 años: gran sentido del humor, increíble capacidad para contar historias, intensa pasión a la hora de conversar sobre asuntos políticos y absoluta brillantez intelectual. Una verdadera gesta de consistencia personal y auténtica vocación al gesto reflexivo y a la acción transformadora.

Sin duda el mejor homenaje que le podemos hacer a este estudioso inigualable de los fenómenos de la violencia política y del narcotráfico, dos temas en los que era una autoridad de calibre mundial, es leer su obra, apreciar su vasta gama de investigaciones y seguir su ejemplo de valentía moral, de total adhesión al derecho a la libre expresión, aun en contextos que implicaran riesgos significativos.


LAS MASACRES Y LA POLÍTICA

Por Álvaro Camacho Guizado

 

 

El escándalo que se ha armado en torno a la masacre de Mapiripán, ocurrida en 1997, se ha prestado para múltiples interpretaciones, debates, condenas y desgarre de vestiduras.

 

Resulta que una señora, Mariela Contreras, quien había sido reparada con una buena suma de dinero en su calidad de víctima, no lo era: no estaba en el sitio el día de la masacre, y sus hijos, supuestamente también víctimas, tampoco estaban entre los muertos. Se trató de una trampa, y de un intento de obtener unos dineros indebidos.

El episodio ha servido para que una derecha bien reconocida afine más sus armas en su ataque a una organización que, como el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, se ha dedicado a defender a las víctimas de crímenes de Estado. Y lo ha hecho, hasta donde se puede conocer, con éxito. Se puede afirmar que si no fuera por esa organización, más de una víctima habría perdido cualquier oportunidad de ser reparada.

Bien, se ha dicho que el número de víctimas originales fue inflado, que muchas de ellas fueron suplantadas, y que así como hay “falsos positivos”, hay “falsas víctimas”. Pero hay algunos detalles sobre lo que no sobra insistir. En la mayoría de las masacres se han presentado muertos y heridos, pero poco se dice de los desaparecidos después de los hechos y como consecuencia de los mismos. Éstos, incontables en muchos casos, constituyen una población victimizada que carece no sólo de reparación, sino de protección por parte del Estado.

Tampoco se dice mucho acerca de quienes, a pesar de ser víctimas directas, se han abstenido de denunciar por temor a las represalias, por ignorancia de los trámites que deben seguir o porque residen en lugares en donde no hay alternativas judiciales.

Y menos se hace referencia a que en sus rutas hacia los lugares objetivo del ataque, los paramilitares y sus cómplices liquidaron, desaparecieron o amenazaron a pobladores. Si estos casos se tuvieran en cuenta, resultaría que las víctimas son más de las que aparecen en las instancias judiciales.

En fin, que la cosa no es tan sencilla, y duele ver que con ocasión de Mapiripán se activen unas tendencias que tienden a minimizar el impacto y tamaño de las masacres, o a condenar al Colectivo José Alvear y a desatar diatribas contra los defensores de los derechos humanos. La huella de quien sabemos sigue aún viva: esa culebra aún colea, y colea fuerte.

Las masacres en Colombia han sido algunos de los ejemplos más brutales del tipo de actividades desatadas por los grupos armados irregulares: han eliminado a miles de campesinos y residentes en centros urbanos, población no solamente inocente, sino, lo que es peor, indefensa.

Entonces, nadie puede desconocer que el Estado debe ser mucho más cuidadoso al investigar este tipo de episodios, que la Fiscalía debe tener un conteo exacto, invulnerable, de las víctimas, y que se debe evitar a toda costa que algunos vivos quieran lucrarse de las tragedias. Pero esto no significa que se pueda “politizar” el tema para desconocer la labor que realizan las organizaciones defensoras de los derechos humanos y acusarlas de izquierdistas, terroristas y bandidos. Sin ellas estaríamos mucho peor. Ojalá que sus malquerientes nunca tengan que acudir a ellas.

 

 

La Universidad de los Andes lamenta el fallecimiento de Álvaro Camacho Guizado, uno de los intelectuales públicos más reconocidos en Colombia. De 2001 a 2011 fue el director del Centro de Estudios Socioculturales (Ceso) de la Facultad de Ciencias Sociales en Los Andes, trabajó como docente en esta misma Universidad y en el Grupo de Memoria Histórica.

Este sociólogo, PhD y magíster de la Universidad de Wisconsin (EU), también estuvo vinculado a la Universidad del Valle como profesor, jefe del Departamento de Ciencias Sociales y director del Plan de Maestría en Sociología, al Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional de Colombia como profesor, investigador y director y fue profesor visitante del Institute des Hautes Etudes de L'Amérique Latine en la Universidad de Paris (III).

Fue además consultor de Salud y Violencia para la Organización Panamericana de la Salud, autor de libros y artículos sobre violencia, conflicto armado, seguridad ciudadana y narcotráfico en Colombia. Sobre estos temas sus trabajos tuvieron gran impacto; su curso Sociología del narcotráfico constituyó durante muchos años una oportunidad invaluable para sus estudiantes de familiarizarse con un fenómeno que, a pesar de su presencia de larga data, es aún insuficientemente comprendido en cuanto a sus manifestaciones, magnitudes e implicaciones. Estos estudiantes lo consideraban un maestro, admiraban su elocuencia, su sentido del humor socarrón y su pasión por los temas que trabajaba.

Camacho murió el pasado sábado 10 de diciembre.



Textos publicados en el periódico Elespectador.om