LAS
MASACRES Y LA POLÍTICA
Por
Álvaro Camacho Guizado
El escándalo que se ha armado en torno a la masacre de
Mapiripán, ocurrida en 1997, se ha prestado para múltiples interpretaciones,
debates, condenas y desgarre de vestiduras.
Resulta
que una señora, Mariela Contreras, quien había sido reparada con una
buena suma de dinero en su calidad
de víctima, no lo era: no estaba en el sitio el día de la masacre, y sus hijos,
supuestamente también víctimas, tampoco estaban entre los muertos. Se trató de
una trampa, y de un intento de obtener unos dineros indebidos.
El episodio
ha servido para que una
derecha bien reconocida afine más sus armas en su ataque a una organización
que, como el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, se ha dedicado a
defender a las víctimas de crímenes de Estado. Y lo ha hecho, hasta donde se
puede conocer, con éxito. Se puede afirmar que si no fuera por esa
organización, más de una víctima habría perdido cualquier oportunidad de ser
reparada.
Bien, se ha
dicho que el número de
víctimas originales fue inflado, que muchas de ellas fueron suplantadas, y que
así como hay “falsos positivos”, hay “falsas víctimas”. Pero hay algunos
detalles sobre lo que no sobra insistir. En la mayoría de las masacres se han
presentado muertos y heridos, pero poco se dice de los desaparecidos después de
los hechos y como consecuencia de los mismos. Éstos, incontables en muchos
casos, constituyen una población victimizada que carece no sólo de reparación,
sino de protección por parte del Estado.
Tampoco se
dice mucho acerca de
quienes, a pesar de ser víctimas directas, se han abstenido de denunciar por
temor a las represalias, por ignorancia de los trámites que deben seguir o
porque residen en lugares en donde no hay alternativas judiciales.
Y menos se
hace referencia a que en sus
rutas hacia los lugares objetivo del ataque, los paramilitares y sus cómplices
liquidaron, desaparecieron o amenazaron a pobladores. Si estos casos se
tuvieran en cuenta, resultaría que las víctimas son más de las que aparecen en
las instancias judiciales.
En fin, que
la cosa no es tan sencilla,
y duele ver que con ocasión de Mapiripán se activen unas tendencias que tienden
a minimizar el impacto y tamaño de las masacres, o a condenar al Colectivo José
Alvear y a desatar diatribas contra los defensores de los derechos humanos. La
huella de quien sabemos sigue aún viva: esa culebra aún colea, y colea fuerte.
Las masacres
en Colombia han sido
algunos de los ejemplos más brutales del tipo de actividades desatadas por los
grupos armados irregulares: han eliminado a miles de campesinos y residentes en
centros urbanos, población no solamente inocente, sino, lo que es peor,
indefensa.
Entonces,
nadie puede desconocer que el
Estado debe ser mucho más cuidadoso al investigar este tipo de episodios, que
la Fiscalía debe tener un conteo exacto, invulnerable, de las víctimas, y que
se debe evitar a toda costa que algunos vivos quieran lucrarse de las
tragedias. Pero esto no significa que se pueda “politizar” el tema para
desconocer la labor que realizan las organizaciones defensoras de los derechos
humanos y acusarlas de izquierdistas, terroristas y bandidos. Sin ellas
estaríamos mucho peor. Ojalá que sus malquerientes nunca tengan que acudir a
ellas.
La Universidad de los Andes lamenta el
fallecimiento de Álvaro Camacho Guizado, uno de los intelectuales públicos más
reconocidos en Colombia. De 2001 a 2011 fue el director del Centro de Estudios
Socioculturales (Ceso) de la Facultad de Ciencias Sociales en Los Andes,
trabajó como docente en esta misma Universidad y en el Grupo de Memoria
Histórica.
Este sociólogo, PhD y magíster de la
Universidad de Wisconsin (EU), también estuvo vinculado a la Universidad del
Valle como profesor, jefe del Departamento de Ciencias Sociales y director del
Plan de Maestría en Sociología, al Instituto de Estudios Políticos y Relaciones
Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional de Colombia como profesor,
investigador y director y fue profesor visitante del Institute des Hautes
Etudes de L'Amérique Latine en la Universidad de Paris (III).
Fue además consultor de Salud y
Violencia para la Organización Panamericana de la Salud, autor de libros y
artículos sobre violencia, conflicto armado, seguridad ciudadana y narcotráfico
en Colombia. Sobre estos temas sus trabajos tuvieron gran impacto; su curso
Sociología del narcotráfico constituyó durante muchos años una oportunidad
invaluable para sus estudiantes de familiarizarse con un fenómeno que, a pesar
de su presencia de larga data, es aún insuficientemente comprendido en cuanto a
sus manifestaciones, magnitudes e implicaciones. Estos estudiantes lo
consideraban un maestro, admiraban su elocuencia, su sentido del humor socarrón
y su pasión por los temas que trabajaba.
Camacho murió el pasado sábado 10 de diciembre.